Vida 33, año 8. Nos guste o no, en nuestras vidas se suceden las catástrofes, unas veces catástrofes pequeñas y otras veces Grandes Catástrofes; discontinuidades matemáticas impredecibles, inesperadas e inevitables (en ese orden), momentos después de los cuales nada vuelve a ser como antes.
La razón por la cual ocurre una catástrofe, además, normalmente no es fácil de conocer, permanece oculta u olvidada. La mayor parte de las veces, lo último que nos preguntamos durante una catástrofe es por qué sucedió, lo que más nos preocupa es cómo sobrevivirla... Conocer el por qué nos ayudaría a intentar evitar catástrofes similares en el futuro, pero en esos momentos no nos podemos imaginar que pueda volver a ocurrir.
La Gran Catástrofe que terminó con la vida en el planeta Madre fue, como toda catástrofe, impredecible. Sin embargo los habitantes de este planeta sabíamos que algo no iba bien. Era como si algo estuviese desequilibrado desde hacía algunos cientos de años... Es difícil de explicar, pero había muchas cosas que por lo menos a mí me extrañaban: ¿por qué los océanos parecían querer invadir los continentes a cada poco? ¿eran verdad las leyendas sobre ciudades sumergidas? ¿por qué esas continuas lluvias? ¿por qué los terremotos?... Si es cierto que algo desequilibró el planeta, no consigo recordar qué pudo ser, ni he encontrado referencia alguna en los textos de historia. Quizá me equivoque, pero es como si el tema hubiera sido borrado a propósito de la memoria de la gente.
En aquella época, el planeta Madre tenía por lo menos cuatro continentes habitados, que asomaban de entre los océanos que cubrían la mayor parte del planeta. Actualmente solo uno de estos continentes, Jyna, está habitado... Después de la Gran Catástrofe el planeta Madre nunca volvió a ser lo que era. Pero en realidad el planeta había perdido ya por aquel entonces toda su gloria del pasado y su renombre como cuna de la humanidad. Recuerdo que se respiraba cierto ambiente de decadencia. Quizá era porque la civilización humana se había extendido por media Galaxia y la cantidad de planetas habitables descubiertos, así como la calidad de éstos, dejaron a Madre en situación de inferioridad.
A pesar de estar cubierta por océanos, la superficie de Madre es roca firme y sólida, tanto en los continentes como en los fondos oceánicos. Pero, como el corazón humano, bajo esa apariencia de solidez el planeta Madre esconde una tremenda fragilidad. De hecho es uno de esos planetas en los que la corteza no es más que una capa fina, rígida y quebradiza, que flota sobre materiales semi-sólidos. Los continentes en sí son trozos de corteza que continuamente se quiebran y se vuelven a juntar, como la costra de una herida eterna. Y estos trozos, piezas de un inmenso puzzle esférico, se mueven lentamente, unos respecto de los otros. Cuando dos trozos chocan, se produce un terremoto, y la tierra resuena como una campana.
Este eterno movimiento de los continentes parecía guardar cierto equilibrio desde algunos millones de años atrás. ¿Qué lo desequilibró? Me gustaría averiguar qué fue. Sólo se me ocurre que algo modificó la distribución de peso alrededor del planeta, deformando la corteza y generando tensiones entre sus placas. Y al final ocurrió. Llegó el siguiente terremoto. El Grande. El esperado. Pero trajo consigo lo inesperado: el equilibrio del planeta se vino abajo.
Simplemente, uno de los continentes se hundió. El océano se abrió para tragarse sus campos, sus ciudades, sus habitantes, y luego se cerró sobre él. Esto produjo la ola más gigantesca que ningún planeta ha presenciado hasta la fecha. La ola surcó el océano a velocidades increíbles, devastando todo a su paso, asolando las costas y reflejándose en ellas para regresar, con la misma furia, hacia el lugar de donde venía. Esta ola tardó más de un mes en apaciguarse; continuó propagándose, de este a oeste y de oeste a este, azotando los continentes y desestabilizando todos los ecosistemas, tanto terrestres como marítimos.
Por supuesto, el planeta fue evacuado. A pesar de no haber antecedentes de algo así, se consiguió dar refugio de manera relativamente organizada, en otros planetas cercanos, a los escasos mil millones de habitantes. Pero, inevitablemente, atrás quedaron los que no tenían cápsula, los que no tenían ganas de escapar, o los que sentían que no podían abandonar Madre en un momento así. Intentaron refugiarse lejos de las costas, pero los vientos enloquecieron también. Los huracanes llevaban el océano allí donde las olas no llegaban.
Muchas vidas se perdieron en la Gran Catástrofe, tanto vidas de efímeros como de transmigradores. Una de mis hermanas perdió la vida también. La copia de seguridad de sus enlaces neuronales databa de varios años antes, así que, cuando le contamos que el planeta Madre había sido destruído pero que ella no podía recordar nada, nos miraba con una mezcla única de incredulidad y horror. Se pensaba que era una broma de mal gusto. Para ella la Gran Catástrofe nunca ocurrió, porque no estaba entre sus recuerdos.
Oí una vez que durante los procesos de transmigración realmente se pierden bastantes enlaces neuronales, pero que, como muchos de ellos son redundantes, esto no significa que se pierdan los recuerdos que contienen. Pero quizá esta pérdida deteriore otras estructuras cerebrales no tan conscientes, como las de los sentimientos, como la del amor. Esto explicaría por qué dos personas pueden ser compañeros existenciales inseparables en una vida, prometerse amor hasta el fin de los tiempos, y, sin embargo, convertirse casi en desconocidos tres o cuatro vidas más tarde. Aunque hay excepciones, toda catástrofe termina apaciguándose: no hay mal que dure cien años. De hecho, creo que pasaron menos de diez años antes de que decidiéramos regresar a Madre. Sabíamos que debíamos volver, era nuestra tierra y merecía ser repoblada.
El panorama que nos encontramos no fue nada esperanzador sin embargo. Fangos hediondos cubrían los lugares en los que antes había selvas; los que fueran ríos de agua potable no llevaban más que lodo; el continente que se hundió, llamado hoy en día Nueva Atlantis, había resurgido del océano convertido en una llanura árida de sal; en otro de los continentes, Shara, los vientos habían extendido el desierto de costa a costa y no quedaba vida alguna... Solo en Jyna encontramos un rincón habitable, que había sobrevivido a la Catástrofe quizá gracias a ser el continente más grande o el único orientado de este a oeste y no de norte a sur... Allí fue donde nos establecimos. La repoblación de otros de los continentes habría sido posible, pero ¿para qué?, habiendo tantos planetas habitables a los que ir, no compensa trabajar en rehabilitarlos. Como dije al principio, toda catástrofe provoca que nada vuelve a ser como antes, pero también muchas veces somos nosotros los que no queremos volver a lo anterior.
A pesar de no haber vivido allí todo el tiempo por motivos de trabajo, desde que repoblamos Jyna no me volví a separar del todo del planeta Madre, hasta que mi existencia se vio sacudida por una segunda Gran Catástrofe: me enamoré del sector 6, me enamoré de la agrupación Xáng, me enamoré de la belleza de sus tierras, de sus habitantes en general y de Cloonuwixñ en particular. Y abandoné Madre. Actualmente llevo ya en el sector 6 más de dos vidas. Pero la segunda vez que abandoné Madre no fue tan dolorosa, porque ahora, al menos, sé que regresaré. No sé cuándo será, pero sé que Jyna sigue ahí y que puede volver a ser un hogar para mí, en el futuro. Y esto es algo que daba por perdido después de la (primera) Gran Catástrofe. De entre los poquísimos registros que conservo de esa época, he rescatado un poema que escribí desde el exilio tras tener que evacuar Madre, y que refleja mi pesadumbre. Aquí os lo dejo:
¡Gran Catástrofe!
Llorando vengo del planeta Madre,
donde no queda pájaro que vuele,
ni pez que salte, ni perro que ladre.
Pensar en tal horror tanto me duele,
que por doler me duele hasta el aliento...
¡Mi tierra muerta está, no hay quien la vele!
Que la Galaxia escuche mi lamento:
todo en lo que creía ha enloquecido,
la tierra, luego el mar, y luego el viento.
¿Quién puede retornarme lo perdido?
¿Quién puede hacer mis vidas llevaderas?
¿Quién va a curarme el corazón partido?
Pasarán los milenios y las eras
y seguiré añorando mi planeta,
con sus otoños y sus primaveras.
Anudada a la cola de un cometa,
orbitará mi angustia sin destino,
como perro sin chip, pez sin aleta,
o pájaro sin plumas y sin trino.
¡Regresa, tierra mía, a tu pasado
de rosas, risas, arte, amor y vino!
Te espero aquí, sobre el dolor sentado,
buscando treguas para mi alma en guerra:
yo nunca olvidaré cuanto me has dado,
querida tierra Madre, madre Tierra.
Menavera — 26-09-2005 11:51:03
Eska — 26-09-2005 14:30:43
Patomusa — 26-09-2005 20:55:43
Laviga — 27-09-2005 02:20:00
Andrómedo — 28-09-2005 12:20:35
Eska — 28-09-2005 18:41:39
Patomusa — 29-09-2005 17:48:01
Eska — 01-10-2005 16:26:07
Andrómedo — 05-10-2005 12:05:52
Menavera — 06-10-2005 23:03:21
flaggel de rock — 08-10-2005 01:07:48
Bart — 11-10-2005 09:13:08
Jakeukalane (Alberto) — 13-10-2005 23:10:04
Andrómedo — 17-10-2005 13:22:28

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